Poco antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, Roerich introdujo nuevos temas simbólicos en su obra. Los sentimientos de ansiedad expresados en ellos se percibían como proféticos. Maksim Gorki describió al artista como «un gran intuicionista».
En el cuadro de 1912 La batalla celestial, las nubes de colores forman un espectáculo fantástico en el infinito espacio celeste: se chocan, se agrupan, suben unas sobre otras, como si fueran seres vivos, impulsados por una incontenible energía interna.
La expresión de esta misteriosa fantasmagoría se ve realzada por los contrastes de color: claro y oscuro, cálido y frío, así como por los destellos de luz solar y las sombras crepusculares.
El majestuoso cielo integra armoniosamente el planeta Tierra, con sus colinas amarillas, verdes y azules que se extienden en la distancia y el antiguo poblado eslavo enclavado en la superficie quieta de lagos azules. La Tierra parece desierta, silenciosa, como encantada por una grandiosa visión celestial.
El paisaje en el cuadro de Roerich tiene un carácter especial. El artista no representa ningún rincón determinado de la Tierra, su paisaje es universal. La Tierra en su carácter primordial es una partícula del inmenso cosmos infinito e insondable. Roerich ve la integridad y la espiritualidad de todo lo que es terrenal y celestial.























