La lucha con la Alemania nazi, al igual que durante la Primera Guerra Mundial, fue sentida por Roerich como una cruzada de la cultura, porque tanto entonces como ahora las hordas de Hitler intentaron extinguir para siempre su fulgor.
En 1914, el artista llamó la atención del público hacia la destrucción de iglesias y bibliotecas en Bélgica por los alemanes al estilo de los hunos; ahora invitaba al mundo a ver el saqueo nazi de Nóvgorod y la destrucción de las tumbas de Tolstói y Chaikovski.
«¡Qué salvajada!» — exclamó. — ¡Y así son los bisnietos de Schiller y Goethe!»
























